Después de la tormenta siempre llega la calma.

Hoy me siento aquí delante vuestro para hablaros sobre el pasado y lo que ha repercutido en mi presente.

Hay gente que su pasado le persigue e incluso le acarrea problemas en su futuro, pero me adentro hoy en mí pasado, en la de vueltas que me ha dado la vida en tan solo un par de años.

Con 16-18 años la meta de cualquier adolescente era llegar a la Universidad, o acabar unos estudios para entrar en el mundo laboral. Mundo laboral que caía en picado sin darnos cuenta ya que nos preocupabamos más en sacar un 8 que un 5 y en no emborracharnos el fin de semana. 

España, estaba sumergida en una crisis que a día de hoy no se ve el final (que llegará, pero tiempo al tiempo), y esa crisis conllevaba a muchos problemas en las familias que no tenían solución immediata. Aquellos que querían entrar en la Universidad quedaron expuestos a becas sin resolver, aquellos que querían trabajar se sumaban a la cola serpenteante del INEM y los más afortunados podían trabajar en el negocio familiar para poder ayudar a una família bajo mínimos.

Hablaré de mi experiencia, obviamente. 

Nunca he sido un buen estudiante, aunque me he espavilado siempre, listo o inteligente. Soy un listillo para lo que me interesa y me considero bastante inteligente en aquello que domino. Una cosa es cierta, no hablo de lo que no se. Me informo antes de abrir la boca. Es mejor callar y parecer tonto que hablar y demostrarlo.

Al ser el hermano mediano, siempre me han comparado con la mayor. Mi hermana espavilada y aunque un poco vaga, muy inteligente. No supo aprovechar las oportunidades que le dió la vida y sobretodo el dinero de mi madre en estudios y eso le pasó factura. Y yo no quería eso. Quería aprovechar todas la oportunidades que se me presentaran delante para poder demostrar que era diferente a mi hermana.

Cuando acabe bachillerato, empecé la universidad. Elegí mal la carrera que estudiar, y me adentré en filología catalana. Quería ser profesor de catalán y castellano y aquí estoy. 
Desaproveché esa oportunidad y lo pagué caro. Un año en la penumbra de comercial de gas y luz (trabajo respetado pero para aquellos que saben y que se labran un nombre), pero eso no iba conmigo y en setiembre del mismo año volví a la universidad.

Ahí mi vida dío un giro bastante bueno, creé lazos de amistad que hoy día intento que no se rompan, con profesores y compañeros. Incluso yo, cambié. 
Se me adentraba una nueva posibilidad de hacer algo de provecho. Y la quería aprovechar. Cambié mi rutina y empecé a volcarme en esa maravillosa carrera. Turismo. Me llenaba de felicidad pasar las mañanas en la biblioteca estudiando,  repasando mis apuntes, haciendo ejercicios llevandome a otro mundo encerrado entre libros y libros. Leí, leí mucho, pero no me saciaba y quería más. Era el delegado de mi promoción, en el Consejo del Estudiantado y el que raspaba cincos en bachillerato, se convirtió en un chico de nueves en esa carrera. Me llenaba y me vacié.

No me dieron beca. Aún demostrando que no había recursos posibles para acarrear la cuantiosa matrícula, no me la dieron. Y tuve que dejarlo.

¿Otro año perdido? No lo creo así, la vida te da lecciones y la forma en que las encajas es lo que te diferencia del resto. Eso sí, me sentía perdido. Sin rumbo y sin una meta.

Mi situación familiar nunca ha estado para tirar cohetes. Pero nos las vamos apañando. A finales del 2013, encontré un trabajo bastante bueno y que me satisfacía intelectualmente ya que llevaba mucho el tema memoria y la calificación por orden y referencias. Y eso me gustaba. Tenía un sueldo bastante bueno, y ahí vi que el dinero no daba la felicidad, pero ayudaba. 
Y yo, por mi parte, ayudaba en todo lo que podía. Alquiler,  facturas, todo hasta día de hoy. Llevo un año entero haciendome cargo del alquiler de mi casa y las facturas. llevar un plato a la mesa, es algo que te gratifica más que poseer todas las riquezas del mundo.

Pero nada es tan fácil como parece. Con 21 años, no creo que haya mucha gente (haberla, hayla) que pueda decir que levanta una família de cinco personas y dos animales. Es duro. Muy duro, no os lo podéis imaginar, pero me levanto cada mañana sabiendo que le estoy devolviendo todo aquello que mi madre ha hecho por mí. Que ha hecho mucho, y hará. 

Soy mileurista, por suerte, y estamos a día 1 de diciembre y solo me quedan 200 euros. Maldita crisis.

¿Qué quiero deciros hoy, que me he enrollado tanto?
Es sencillo.
Por muy mal que las cosas pinten, siempre hay una solución. Por muy oscuro que se vea el camino siempre hay una ráfaga de luz al final. Por muy difícil que nos lo hagan pasar, más unidos tenemos que estar. Porque amigos, después de la tormenta siempre llega la calma.

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