Buongiorno Principessa.
Habíamos estado casi dos horas discutiendo. El motivo ya ni lo recordábamos, solamente queríamos discutir y discutir. Recuerdo que salió una tercera persona y que todo era culpa mía. Ella, Carolina, con su carácter encendido y nerviosa como nunca, andaba arriba y abajo por casa con el teléfono colgado de la oreja, discutiendo conmigo.
Todo había pasado muy rápido, como cuando eres a finales del verano y en un tres y nada ya se están “pelando” los árboles por el frío. Recuerdo que fue por la noche, algún problema por la noche. No recuerdo qué, pero debía de ser fuerte.
Carolina no era de las personas que se enfadaran porque sí. Ella era muy risueña y despistada, vivía feliz con el único temor de no volver a vivir miedos del pasado, provocados por algún que otro capullo a quien todavía quería. Carolina no se tomaba nada en serio, era muy graciosa y casi todo lo hacía en broma. Pero si se enfadaba, tenía un motivo, y era de los gordos.
Colgamos los teléfonos y cada cual se estremeció a su respectiva cama y no nos volvimos a decir nada hasta la tarde siguiente.
Cierto es de saber, que no “hablamos" en ningún momento sino fuera gracias a mí.
Vivíamos lejos, pero relativamente cerca. A unos cuatro kilómetros más o menos, pero tres de estos eran carretera nacional.
Normalmente, cuando la pifias, a una mujer le tienes que hacer un regalo, o una sorpresa para que te perdone. Con un perdón no sirve de nada. La opción del regalo, no la contemplé, puesto que estábamos a domingo y las tiendas permanecían cerradas. La sorpresa era difícil con poco tiempo, pero me llené de valor, y la llevé a cabo.
Era uno de los primeros días de diciembre, y no hacía un tiempo invernal. El sol deslumbraba a todo el mundo quien salía a la calle, pero el viento helado nos hacía estar tapados cómo si estuviéramos esquiando en Boí-Taüll. Desde que decidí ir a la universidad en vez de pagarme el carné de conducir, me arrepiento muchísimo.
Una sorpresa tenía sus propios inconvenientes. Tú lo podías hacer con toda la buena intención del mundo, pero quizás la persona que tenía que recibir la sorpresa no la quiere, o no le gusta, o no quiere saber nada de ti. En mi caso, era una de estas situaciones, pero con un pequeño matiz.
Preparé unos impresos y los puse a una carpeta vieja. Tenía la manía de escribirle un mensaje de texto cada mañana al despertarme con dos sencillas palabras en italiano. Que eran respondidas con un triste y sencillo “hola”. Aquellas dos palabras debían de ir conmigo, puesto que era una forma de tratar bien a Carolina, de demostrarle constancia, de demostrarle que me gustaba de verdad.
Carolina y yo, nunca nos habíamos besado. Nunca hemos tenido un contacto más directo que dos o tres abrazos y alguna que otra cogida de mano. Si os soy sincero pequeños lectores, Carolina y yo hacía poco más de dos meses que nos hablábamos día si, día también.
La nuestra, era una relación muy atípica. Ella hacía poco que había salido de una relación muy larga. Yo buscaba el amor en algún pequeño corazón faltado de caricias y ternura.
Todavía pienso que no estamos destinados a ser “pareja”, puesto que somos bastante diferentes el uno respecto al otro. Pero a veces, el amor no se suficiente y ves que necesitas muchas más cosas que uno “te quiero”. Nosotros poco a poco lo teníamos. No nos habíamos dicho nunca “te quiero” pero teníamos todo lo otro.
A nosotros solo nos faltaba el amor. Y dudo de que lo tengamos.
Fui a su casa. Me senté en un banco delante su portal, y esperé a que la inspiración me desbordara por algún lado y me llenara de valor para llamar a la puerta de aquella casa adosada de color blanco y negro de la Avda. Europa.
Tuve una idea. No necesitaba decirle nada yo a ella, los folios lo dirían por mí.
Pegué los 22 papeles en un mismo banco donde me había sentado yo. Eran dos palabras y un espacio. 10 letras + 1 espacio + 11 letras.
La llamé al teléfono. 'No me lo va a coger'. Lo volví a intentar y me salía del contestador automático. “A la tercera va la vencida” pensé. La llamé.
-Sí? –Me contestó.
-Carolina por favor, puedes salir a la ventana de tu habitación? –Le pregunté.
-Qué? –Me dijo. –Qué me estás diciendo?, no quiero saber nada más de ti.
-Tú sal, por favor. –Insistí.
Salió. La vi. Y vi también como le caían las lágrimas de la emoción. Vio aquellas dos palabras que en poco, decían mucho de mí, y de nosotros.
“BUONGIORNO PRINCIPESSA”
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