Como conocí a vuestra madre.
Alguien me enseñó que todo aquello que me había arrebatado, me sobraba. Que la vida se divide en momentos, no en problemas. Que si no sonríes has perdido un día. Que todo aquello que vale la pena vuelve en su debido momento. Que nunca has de cerrar la puerta a la adversidad, sino enfrentarte a tus miedos. Todo esto y mucho más me lo enseñó ella, la persona que me ha aguantado más en esta vida. La persona que me ha querido más en la faz de la tierra. La persona a la que veo cuando cierro los ojos. La persona que sueño cuando no estoy dormido. Ella, vuestra madre.
No éramos tan jóvenes como nos pensábamos, el hígado pasaba factura asimismo como los huesos al bailar. Sin comerlo ni beberlo me adentré en medio de una discoteca poco afluente en el medio de la ciudad. Carnaval. Tan siquiera recuerdo con quien estaba, demasiado alcohol corría por mis venas cuando sucedió uno de los momentos más clave de mi vida.
Fui a tomar un ron-cola, bebida característica por su fuerte dolor estomacal al paso de las horas, y no encontraba un lugar para pedir la bebida que inundaría mis labios secos durante un par o tres de horas. Bebía despacio. Así fue, como ella, Sara, levantó el brazo izquierdo en señal de petición a uno de los camareros que trabajaban aquella noche. Sin respuesta alguna me ofrecí voluntario a pedir su bebida, un vodka con Red-Bull y al mismo tiempo pediría la mía. Mataría dos pájaros de un tiro. Buen plan. Después de codearme con dos mulatos de 2 por 2 por 2, los típicos 4x4 que te soplan y te envían a la otra punta de la pista, conseguí hacerme con esas bebidas que tanto ansiaba, ya que desperdiciar la posibilidad de conocer a una chica, no era mi estilo.
Al fin, nos pudimos sentar en la sala de fumadores, bebiéndonos nuestros cócteles, ansiosos de baile y lujuria. Mi bastoncillo incandescente, el cigarrillo, se consumía muy poco a poco debido a la atención que ponía en esa voz melosa pero con fuertes notas átonas que desviaban la atención de cualquier persona que cruzara la sala. Me encantaba escuchar. Y no sé porqué, pero a ella todavía más. Intercambiamos nuestros números de contacto para estar en perfecta sintonía durante algunos días más. Quizás el destino me había propiciado una oportunidad de ser feliz y no estaba para escatimar las influencias de mi ansiado Cupido.
Yo era tímido. La persona que no habla demasiado al principio pero cuando empieza a coger confianza, se va soltando cada vez más hasta que intenta hacer el ridículo en busca de un par de carcajadas aunque sean a costa de uno mismo. Lo de las chicas no lo llevaba bien. No era un semental que dijéramos, más bien un poco patoso. Mi oportunidad de “ligar” con una chica era tan inverosímil o incluso más extraño que el Rey de España caminara diez metros en línea recta sin tropezarse. No me consideraba guapo, me sobra humildad, pero considero que la belleza no siempre reside en el físico de una persona. Mis ojos eran bonitos. Verde amarillento color atardecer manchado atigradamente con un marrón cálido a tonos chocolate fundido. ¿Los ojos son el reflejo del alma cierto? Entonces yo debía tener mi alma preciosa.
Tan si quiera sabía cómo mantener una conversa fluida con una mujer, sin crear esos incómodos silencios en los que piensas que se está aburriendo de ti. Conclusión, mejor dejemos al destino que haga sus funciones y que Cupido acierte siempre que lance misiles de amor a distintos corazones.
Tan si quiera sabía cómo mantener una conversa fluida con una mujer, sin crear esos incómodos silencios en los que piensas que se está aburriendo de ti. Conclusión, mejor dejemos al destino que haga sus funciones y que Cupido acierte siempre que lance misiles de amor a distintos corazones.
No veía el momento de irme. No quería irme. Ella, rubia como el sol, parecía incansable a las fatigosas horas de desenfreno que acumulaban sus pies encima de un tacón de aguja milimétrico. Con su vestido negro y su piel blanca como la seda, era imposible no fijarse en ella. Ella con aquella frente ovalada y cejas bien recubiertas de maquillaje. Ella con aquellos ojos verde sureño, con bordes indescriptibles, penetrantes en el centro de la retina con un color marrón tenue, como el sol entre las nubes tenía un toque de miel entre la mezcla de aquellos dos colores predominantes. Esos ojos que miraban absortos sin saber que mirar, que resplandecían alegría y desbordaban confianza. Esos ojos de los que, sin quererlo ni beberlo, me habían cautivado de manera insólita. Y a pesar de todo, veía su alma reflejada en ellos.
Con nariz voluminosa chocaba a propósito con la mía para jugar y reír un poco. Reír, ella sí que reía bien. Aquella sonrisa que marcaba unos pequeños pero preciosos hoyuelos en las mejillas, que envolvían aquellos labios carnosos y voluminosos que me decían a marchas forzadas que los besara.
Con nariz voluminosa chocaba a propósito con la mía para jugar y reír un poco. Reír, ella sí que reía bien. Aquella sonrisa que marcaba unos pequeños pero preciosos hoyuelos en las mejillas, que envolvían aquellos labios carnosos y voluminosos que me decían a marchas forzadas que los besara.
Su vestido no era provocativo, Sara no necesitaba provocar con su cuerpo, lo hacía con su voz. Negro, negro oscuro. Negro carbón. Con un pequeño collar plateado resplandeciente que cubría aquel cuello pequeño y fornido. No era una mujer caracterizada por su gran silueta y sus curvas. Aunque haberlas haylas. No era muy alta, aunque asomaba siempre la cabeza con aquellos descomunales tacones. El cuerpo era sencillo y con perfecta silueta. Hombros altos y prominentes con la clavícula remarcada en ese vestido palabra de honor. Cintura estrecha pero abombada que dejaba entrever el vientre plano y escultural.
No hicimos nada de lo que nos tengamos que arrepentir. Tan solo nos conocíamos desde hacía un par de horas. Y no nos separábamos. La noche era perfecta para mí, y no deseaba romperla con algún tipo de sacrificio descompensado con la contestación correspondiente de una bofetada en cada mejilla.
Se acercaba el fin de aquella inesperada y sorprendente noche. Al salir de la discoteca, ella se apresuró a coger el único taxi libre que quedaba, al ser un año menor, debía estar antes en casa, aunque ya llegaba tarde. Como siempre.
La acompañé hasta el automóvil, que la separaría de mi y la llevaría de vuelta a casa, cogido de su mano izquierda. Antes de llegar al final de nuestro encuentro la cogí de la cintura y le susurré al oído:
-Prométeme que aunque sea la primera vez que te veo, no será la última.
Me contestó con aquella voz suave y delicada:
-Esta noche soñaré contigo, me encantaría verte ahí.
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