Punto y principio.
En esta vida hay momentos en que dos personas deciden continuar sus vidas por separado. Hay momentos en que una palabra o un gesto lo pueden cambiar todo. Hay momentos en que no valen las palabras y son merecidos los actos. En esos momentos, no hay soluciones que valgan, no hay remedios contra los dolores, no hay dolor para el tiempo, solo hay orgullo destruido.
A todos nos ha pasado que en algún momento nuestra pareja o persona a la que queremos, nos ha dejado. O la hemos dejado, pero todavía sintiendo muchas cosas por esa persona especial con la que has compartido mucho más que sonrisas y abrazos. En esos momentos no sabes qué hacer. Ni en esos, ni en los que vendrán posteriormente. Lo más común es cerrar la puerta y abrir una ventana. Un clavo saca a otro clavo. Hay muchos peces en el mar. Etcétera.
Pero hay gente, que no se mentaliza de estos sucesos. A ellos les gusta “vivir la vida”, pensar que no habrá un mañana. Esas personas también han estado enamoradas. Poco o mucho, real o ficticio, pero lo han estado.
Me dispongo a contar un caso especial. No el mío, ya que no baso nunca nada en mí, pero si de una amiga, hermana, conocida mía. Eso nunca lo sabréis.
Era la típica mujer bella y sencilla pegada a un hombre protector y chapado a la antigua. Caso común. No había indicios de separación durante los primeros años en pareja. Eran felices, se complementaban. Se completaban. Pero no todo es para siempre, las cosas se tuercen, distancia, celos, presión, amigos… muchos son los motivos por los que decidieron no estar juntos.
Ella le seguía queriendo, poco a poco menos, pero era inevitable no querer a alguien con el que habías pasado más de tres años de tu vida. Tomó una decisión. Disfrutar y ser libre y no depender de nadie. Atractiva elección en un momento difícil ya que la sombra de otro hombre pernoctaba en su mente.
Ese chico hacía todo lo contrario que su ex, era romántico, pícaro, sensible, con corazón. Pero seguía siendo un tío y pensaba con su miembro viril.
Ella, viendo que otro hombre podría sustituir todo aquello que había perdido, le entró el temor, le entró pánico, le entró angustia y se encerró en su pequeño caparazón, aislándose de todo aquello que se viera envuelto por aquel pequeño corazón de hombre que resplandecía sensatez, amor y verdad.
El problema no era ni de él, ni de ella. Sino de la situación. Quién sabe si en dos o tres meses más tarde, hubieran podido fusionar labios y pensamientos en un mismo ser. Quién sabe si hubieran compartido mucho más que palabras, lugares y hechos. Nunca se sabrá.
“Te he conocido en un mal momento de mi vida” Esa era la frase con la que ella denegaba toda posición sentimentalista del posible futuro chico.
Y es verdad que era un mal momento, pero nunca tienes que tirar la toalla tan rápido. A veces, por muy cerrada que quieres que esté la puerta, la verás abierta. Intentarás mirar por la ventana observando pasar todos los trenes. Y ese, es uno de esos trenes que jamás regresará
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