¿Hay un momento para ser feliz?
Llevaba mucho tiempo sin verla y casi no reconocía sus rasgos fisiológicos más característicos.
Esa frente abierta donde siempre le daba besos. Esas pequeñas cejas que recordaba cuando se levantaban intrigadas. Esos ojos color miel marrón, dulce mirada pero contundente. Aquella nariz prominente pero perfecta para morderla siempre que nos enfadábamos. Aquellos pómulos levantados empolvados siempre con algún tipo de maquillaje. Las orejas más bellas que una mujer podía tener para escuchar todo lo que le envolvía. Aquellos suaves y perversos labios siempre robando besos al que nunca le llegaba su perteneciente rescate. Esa mandíbula prominente que indicaba señas de madurez y firmeza.
No la reconocía de tanto tiempo. Hacía seis o siete años que no la veía, desde la universidad. Por no acordarme, no recordaba ni su nombre. Lo que si recordaba era su carácter.
Era aquel tipo de mujer robusta, seria desde fuera pero sonriente y pacífica por dentro. Siempre quería llevar la razón y a veces vivía en su mundo. No sabía donde estaba, ni de qué hablaba la gente, pero ella siempre quería meter la oreja. “Doña antenas” la llamábamos.
Aún no entiendo, cómo después de estudiar derecho en la facultad, acabara siendo modelo para una marca tan mundialmente famosa. No era una chica escultural. No destacaba entre las de la facultad. Pero ella sabía que yo le iba detrás desde el primer día que la conocí.
Aún recuerdo aquel día, era Septiembre. De noche. En una discoteca. Éramos jóvenes y el alcohol corría por nuestras venas. Una amiga en común nos presentó y riendo, riendo, empecé a meterme con ella. Pura picardía. Pero no funcionaba. Bailábamos y no sabíamos donde estaba nuestro fin. Hasta que me enteré de que su vida estaba compartida con un chico apuesto y sencillo.
Ahí nos enfriamos, sobre todo yo. No era un tío semental, ni mucho menos. Aquel tipo humilde amigo de sus amigos que intentaba ridiculizarse a sí mismo para hacer reír a los demás.
Desde la primera noche que la vi, me entraron ganas de besar sus labios. Lo reconozco. Pero nunca lo hice. Como antes he dicho, no era de aquellas chicas 90-60-90. La perfección no existe. Pero aún así, con el físico que tenia, me atraía. Era castaña. Un metro sesenta y ocho aproximadamente. Sin demasiada prominencia ni delante ni atrás.
Era bella. La miraba y tenía ganas de abrazar su pequeña cintura. La miraba y me entraban ganas de darle un beso en la mejilla. La veía como ahora la veo. Una chica imposible, que nunca se fijaría en un chico como yo.
Aquel tipo romántico con esperanzas en el amor y en la pareja, que había sufrido más de lo esperado por motivos del sexo opuesto, que estaba falto de cariño, con ganas de tener a alguien en su vida.
Ese era yo. Y a días de hoy. Lo sigo siendo. Sigo siendo aquel romántico, que cree en el matrimonio y desea formar una familia. Prometiendo hacer el desayuno cada mañana a la mujer de mi vida, ya que ella me aguanta por algún motivo. Sigo siendo aquel que espera cruzarse con aquella chica de pelo castaño, en la cola de un supermercado, con los ojos marrón miel, con aquellos labios carnosos, que me digan que ha llegado el momento, que me susurre al oído, que ha llegado el momento de ser feliz.
Increible Javi, eres grande!!
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